La agricultura de cero labranza, también conocida como no-till gardening, no till farming o zero tillage, son técnicas inspiradas en el método que tiene la naturaleza para reproducir sus especies de manera silvestre.
Las semillas o trozos de una planta caen al suelo y de manera natural, ya sea por lluvia, viento, agua, y/o animales, se protegen con hojas, rastrojos y tierra, para esperar el momento oportuno y dar así origen al nacimiento de una nueva planta.
En un estado natural de autosiembra, con el paso de los años el suelo gana materia orgánica, vida y fertilidad. Sin embargo, desde el punto de vista humano, este método natural tiene algunos inconvenientes: es poco productivo (no está diseñado para alimentar a la alta tasa de humanos que carga la tierra) y las especies se reproducen cuando y donde quieren, y no donde y cuando queremos. Como respuesta a esta problemática, el ser humano decidió crear la práctica de la agricultura en función de aumentar la producción y cultivar en el momento y lugar que se estime conveniente.
Movimiento que también trajo consigo bajar la necesidad de andar de cazadores recolectores y pasar a la creación de asentamientos humanos. Sin embargo, si bien se han logrado estos propósitos y aún existen lugares donde se ha logrado un equilibrio y armonía entre la naturaleza y la producción del alimento, en su mayoría se ha cometido un gran error: se hicieron las cosas sin observar e imitar la naturaleza y comenzamos a destruirla. Deforestación, erosión, desertificación, contaminación, pérdida de vida, aumento de enfermedades, y la lista es larga de todo lo que ha ocasionado la agricultura convencional.

Fertilidad de los suelos y cobertura vegetal
Para plantear soluciones a esta destrucción, primeramente vamos a reflexionar sobre algunos asuntos: fertilidad de los suelos y cobertura vegetal. En estado natural, los suelos se fertilizan por el paso de animales en manadas a lo que se conoce como “efecto manada”, donde los animales transitan juntos en un paño de tierra y con su paso se alimentan y dejan heces, orina e incorporan al suelo estos abonos naturales con su desplazamiento y pisoteo.
Por otra parte, en este proceso van cayendo los rastrojos, ramas, hojas, semillas, frutos y otros restos vegetales que llegan y se incorporan al suelo ya sea por el mismo manejo de los animales, o por el viento y también por lluvias. Esto queda como una cobertura vegetal para luego pasar a ser alimento para el suelo y nutrición para las especies que habiten en él. Una manera perfecta de preparación de suelo. Sin embargo, en nuestro afán de hacer las cosas sin observar y aprender de esa sabiduría que trae la naturaleza, decidimos entrar con la quema y luego dar un “gran paso” con la agricultura industrial basada en el uso de fertilizantes químicos, maquinaria pesada, pesticidas y semillas industrializadas.
Un paso que definitivamente está acabando con el suelo: la maquinaria pesada produce compactación, lo que genera un ambiente hostil para los microorganismos y organismos que habitan en él; las siembras de monocultivo acaban con la biodiversidad; los animales viven encerrados impidiendo el efecto manada; los fertilizantes y pesticidas químicos matan toda la vida del suelo; y se ha perdido una importante biodiversidad y adaptación de las semillas debido a la siembra de especies meramente comerciales. Por último, el peor de todos los actos ha sido descubrir el suelo para que se vea “limpio” y hacer laboreo profundo como una medida desesperada para descompactar lo que por nosotros mismos está siendo compactado. Sumamos a ello que, con ese acto, se libera el carbono que con tanto esfuerzo el suelo ha logrado capturar.

La cero labranza consiste en sembrar sobre los rastrojos del cultivo anterior sin romper la estructura del suelo.
Esta práctica se puede llevar desde un macetero hasta un campo de grandes extensiones con maquinaria especializada, pero está claro que tendremos que hacer algunos esfuerzos iniciales para luego disfrutar de una hermosa camada de tierra esponjosa y fértil. En mi experiencia, les relato las que me han funcionado bien.

Siembra de especies pioneras
Este sistema consiste en comenzar a trabajar un suelo con la siembra de especies pioneras que tengan mecanismos de adaptación como raíces profundas, nódulos fijadores de nitrógeno y/o hojas que aprovechen la transpiración. Es una manera de imitar lo que hace la naturaleza en lo que se conoce como la sucesión primaria, cuando llegan musgos y líquenes para comenzar a formar suelos sobre rocas.
Nuestro trabajo aquí será enfocarnos en descubrir qué especies se podrían dar bien según las condiciones del lugar. En el noreste de Brasil yo comencé a trabajar mis suelos con la caña de azúcar y la yuca, ambas muy adaptadas a crecer en arena y resistentes a la falta de agua en los meses de seca. Una vez que estas especies van creciendo y activando la vida del suelo, he ido incorporando esa materia orgánica para comenzar con cultivos un poco más exigentes como el camote, para pasar futuramente a cultivar porotos y hortalizas. Es como una sucesión programada. Otro ejemplo para climas más fríos sería la alfalfa, que penetra con sus raíces y además nutre con nitrógeno el suelo.
Siembra de abonos verdes
El abono verde consiste en plantar especies que literalmente sirvan de “abono” para el suelo. Las más recomendadas son las leguminosas, aunque podemos usar lo que nos parezca conveniente. Estos abonos verdes se pueden cortar una vez que crecen un poco y antes de generar la flor y semillas; pueden ser levemente incorporados al suelo o simplemente dejarse como cobertura. Sobre esa cubierta vegetal ya podremos ir sembrando algunos cultivos de raíces fuertes hasta conseguir un suelo bien mullido y fértil. Este método funciona realmente bien y es económico, pero como inconveniente tiene el tiempo que demora.

Agregar carga de compost o sustrato
Esta alternativa consiste en poner una buena camada de compost o un sustrato bien preparado de mínimo unos 20 centímetros sobre un suelo degradado, con la que podremos sembrar en un ambiente perfecto para nuestros cultivos. Es la manera más fácil y rápida de comenzar, pero tiene como inconveniente la alta demanda de este insumo, el cual deberemos producir en casa o comprar en el mercado.
En lo personal, muchas veces hago un acorte de camino con lo que se conoce como mínima labranza, donde preparo el suelo interviniendo lo menos posible (no más de 20 cm) con una horqueta, una horca de doble mango o un azadón si está extremadamente duro. Luego agrego mucha materia orgánica como bokashi, compost, humus de lombriz, estiércol de animales herbívoros y carbón. Finalmente hago la siembra y, en el próximo ciclo, solo retiro los cultivos necesarios, dejo bastantes raíces y rastrojos e incorporo abonos y mulch. Puede ser una buena alternativa para quien hasta hoy utiliza la agricultura convencional, como un camino de transición hacia la cero labranza total.
Independiente de la técnica utilizada, es importante aplicar una cobertura de suelo tipo mulch que sirva de protección para evitar la compactación y que al mismo tiempo incorpore materia orgánica y nutrición. Esta cobertura ayudará a nutrir, retener humedad, disminuir los riegos y evitará la aparición de plantas espontáneas. Pueden usarse los rastrojos del cultivo anterior, la paja, el aserrín, la viruta, el pasto seco, hojas, etcétera. Solo se recomienda observar de no incorporar semillas o trozos de material que pudieran reproducirse.
Beneficios
Incorporar estas prácticas, en pequeños huertos caseros o en agricultura a gran escala, traerá grandes beneficios:
- Previene la erosión del suelo al no entrar con maquinaria indebida.
- Incrementa la materia orgánica.
- Preserva y mejora la estructura del suelo.
- Mejora la infiltración de agua y la aireación.
- Aumenta la capacidad de retención de humedad.
- Disminuye la aparición de malezas o plantas espontáneas.
Da el siguiente paso
Estas técnicas se trabajan con las manos en la tierra en los cursos y talleres de la Escuela Bosque.
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